Londres. No muy Nac pero sí muy Pop.

En plena ciudad de Londres te topás con la tienda Harrods, un edificio de tamaño considerable que se compone de varios pisos con todo tipo de producto hi-level de esos que apuntan al consumo de la alta sociedad, a la que muchos no pertenecemos, pero miramos con la ñata contra el vidrio.

Sin embargo, entre tanto LCD de 80 pulgadas, trajes franceses cortados a medida o relojería Rolex y Patek Philippe, aparece lo que más nos gusta a los enfermos por la comida: calidad y buenos precios. Porque ni el LCD es comestible ni el algodón y la lycra van a ayudarme con el tránsito lento.

Harrods es, sin dudas, muy Jamiroquai. Un tipo millonario con toda la onda, con el glamour a flor de piel (y ropa) y el buen gusto artístico, que no dudó en fumarse un porrito y tomar una Quilmes en el Campo de Polo años atrás. Ese increíble maridaje entre sus Ferraris y miles de gorros, y las ganas de compartir los placeres básicos de las clases que sueñan con estar en su lugar, mientras él sueña con nuestras despreocupaciones. La tienda tiene ese glamour que la ubica allá arriba, en el cielo de los productos para pocos, pero con un sector accesible para el turista (y londinense) de nivel adquisitivo bajo.

Cuando visité la tienda y chusmeaba los precios de los productos en venta (un LCD gigante estaba 9.999£, por ejemplo, me iba haciendo la cabeza, escalón por escalón que me elevaba la escalera eléctrica a la fama, de que ese mediodía iba a pasar hambre, mucha. Suponía que mínimo, un paquete de galletitas tenía que dolerle a la billetera como robo a mano armada en Dock Sud. Pero…

Apenas entré al salón, que mucho difiere de un patio de comidas de Shopping (se asemeja a una gran rotisería para gente de bien), me di cuenta de que los precios eran incoherentes. Insensatos.

¿Cómo podía ser más barato comprar en una de las tientas más lujosas de Europa que en nuestra Buenos Aires? ¿Por qué tenemos leyes que nos prohíben llevar toda la tienda de vuelta a nuestro dulce hogar?

Como en los hoteles de Las Vegas, donde la comida es extremadamente barata con el simple objetivo de atraer al público para que destruya sus ahorros (y futuro) en máquinas expendedoras de falsas esperanzas, en Londres, nos alimentan porque, como dice el dicho: panza llena, corazón con ganas de comprarse un par de zapatos, un jean o un juego de cama…

En mi caso puntual mi mejor regalo, presente y souvenir tenía que ser comestible. Llevarme 100gr de hongos (estaban a razón de poco más de 5£ el kilo), un sandwich para el camino (los hay entre 3 y 4 libras, grandes, ideales como para matar toda el hambre de golpe) y alguna agua mineral Perrier bien baratita (por 2,5 libras tenías una medio litro) era casi obligación por el simple hecho de pasar por la tienda. Imagínense que los Bagels de salmón ahumado con queso crema y ciboulette costaban la módica suma de 5 esterlinas, y la variedad en tartas era increíble. Estúpida y sensual comida rica y barata.

No será una gastronomía rockera como la del Candem pero si estás por la capital inglesa date una vuelta y disfrutá de los productos que te ofrece Harrods, que por poco te entrega todo…

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